sábado, 25 de junio de 2016

Santa Gertrudis

“ EL ARREPENTIMIENTO HACE VOLVER A LA SERENIDAD Y A LA HUMILDAD QUE CONDUCEN AL PUERTO SEGURO (Serenus enmendationes et portum humilitatis; reflexión en base al texto de “Legatus divinae pietatis” II,12)

Vitral de santa Gertrudis, Iglesia de San Patricio, Washington, EEUU.
 
Augusta Tescari, ocso[1]
Lo que voy a contarles es un testimonio, y al mismo tiempo, una confesión. Siempre he querido a Santa Gertrudis, pero no puedo decir que en el pasado la hubiera conocido mucho. Me gustaba lo que decían sus estudiosos y devotos acerca de la belleza de sus escritos y su libertad de espíritu; leía cada tanto algunas líneas de sus obras; he llegado incluso a concluir la heroica empresa de leer hasta el final los Ejercicios, a pesar de la abundancia de los superlativos que, por decirlo así, me daban fastidio; he leído también el segundo libro de Heraldo del Amor Divino, sin quedar demasiado impresionada... El relato de su conversión, por ejemplo, que muchos estiman como una de las páginas más bellas de la literatura mística, me había dejado bastante indiferente.
Me parecía exagerada también la apreciación de Kurt Ruh, a quien, sin embargo, admiraba por su cultura y perspicacia: “El segundo libro del Legatus es un relato concluido en sí mismo, uno de los más bellos que una mujer haya podido escribir jamás”[2]. “Bah, -decía yo- ¡tal vez sea así! Sobre gustos no se discute…”.
Pero no sé cómo ni por qué, me había quedado siempre impreso en el mente  y en el corazón un breve capítulo del libro segundo del Legatus -el único libro escrito directamente por la Santa-, que en lo sucesivo me ha permitido conocerla mejor y enamorarme en forma verdadera y perdurable de santa Gertrudis y estudiar más a fondo sus escritos.
¡Y pensar que este capítulo no había sido nunca comentado ni citado, salvo de pasada, no entusiasmaba a nadie y ninguno al leerlo había experimentado la emoción que en cambio había suscitado en mí! No me parecía posible que yo me hubiera dejado seducir por un capítulo secundario de escasa importancia, que a nadie interesaba. Por eso, hablaba sobre él a quienes amaban las obras de Gertrudis, tratando de explicar la importancia y la belleza de esta definición estupenda -serenum emendationis et portum humilitatis-, pero tenía la impresión de que nadie compartía mi entusiasmo. Y me sentía ofendida y disgustada.
Pienso que ya lo han comprendido: escribo estas líneas a modo de ulterior tentativa de comunicar a los demás un amor incomprendido, nacido de circunstancias que el corazón no permite considerar fortuitas o banales.
Les presentaré, por tanto, este capítulo 12, un capítulo casi olvidado por los críticos y aficionados de Gertrudis, pero que a mí, por el contrario, me dice muchísimo. La división del libro del Legatus en capítulos es naturalmente tardía y el inicio de este capítulo que parece continuar con un discurso ya iniciado antes, es una prueba evidente de ello. También los títulos han sido agregados después.
Nuestro breve pasaje ha recibido este título: “La paciencia con que Dios soporta nuestros defectos”. Es un título reductivo, que no hace justicia a la riqueza del contenido. Estoy más que segura de que también Santa Gertrudis consideraba estas pocas líneas de su Memorial como muy importantes, como una parte central de su experiencia espiritual y de su mensaje.
He aquí el texto, del cual trato de dar una traducción lo más literal posible:
“Del mismo modo te doy gracias también por otra imagen no menos útil y grata con la cual me has hecho comprender con cuánta benevolencia y paciencia Tú soportas nuestros defectos, a fin de que, una vez enmendados, Tú puedas hacernos felices.
Una tarde tuve un arranque de ira y al día siguiente, antes de que amaneciera, habiendo tenido la oportunidad de rezar, Tú te manifestaste a mí bajo la semejanza de un vagabundo que en su aspecto aparecía sin fuerzas y privado de todo socorro.
Entonces, puesto que me remordía la conciencia por la caída del día precedente, comencé a reflexionar gimiendo cuán indigno era ofenderte justamente a Ti, que eres el autor de la suma pureza y de la paz, siguiendo los impulsos de una pasión viciosa. Pensaba en lo que sería más justo y así llegué a la conclusión de que habría sido mejor que Tú te retiraras de mí, en vez de que estuvieras presente, al menos en aquella hora -¡pero sólo en aquella hora!- en la cual había dejado de resistir al enemigo que me impulsaba a sentimientos contrarios a  tu santidad.
Tu respuesta a estos pensamientos míos fue la siguiente: ‘Si viene de improviso una tormenta, ¿qué consolación puede tener un enfermo que, dejándose llevar  por otro, sufre por no poder volver a exponerse a la agradable luz del sol, que no sea esperar que vuelva otra vez el buen tiempo? Del mismo modo yo, vencido por el amor a ti, habiendo decidido habitar contigo en medio de todas las tempestades de los vicios que te inundan, me pongo al resguardo de todo, al sereno de tu arrepentimiento y al puerto de la humildad”.
¡Mi lengua no alcanza a expresar que abundancia de gracia me había concedido tu prolongada presencia en esta ocasión! Que pueda suplirla, te lo pido, el afecto del corazón; y que aquel abismo de humildad al cual me ha atraído la denegación de tu amor, me enseñe a elevar hacia tu inmensa misericordia mi acción de gracias”.
Me preguntarán qué hay de extraordinario en este episodio que describe simplemente un enojo y el consecuente arrepentimiento. En efecto, si se compara esta manifestación del Señor con otras mucho más sublimes que aparecen en el mismo libro, se corre realmente el riesgo de quedar desilusionados y de pasarlo por encima rápidamente.
Les pido, sin embargo, la paciencia de acompañarme en el examen detallado de cada párrafo:
“Del mismo modo te doy gracias también por otra imagen no menos útil y grata con la cual me has hecho comprender con cuánta benevolencia y paciencia Tú soportas nuestros defectos, a fin de que, una vez enmendados, Tú puedas hacernos felices”.
Este capítulo forma parte de lo que se ha llamado un pequeño tratado de las pasiones, que va del capítulo 11 al capítulo 15 y que resume la enseñanza clásica que casi todos los Padres Cistercienses de los siglos XII y XIII ha expuesto en sus tratados De anima.
Gertrudis había hablado de la tentación en el capítulo precedente y aquí habla del pecado. La benigna paciencia de Dios nos acompaña en el camino del arrepentimiento y de la corrección, para llegar a la meta para la cual Dios nos ha creado: la felicidad y la bienaventuranza. Es Dios quien nos santifica, pero para que pueda hacerlo, necesita de la colaboración de nuestra libertad.
La amorosa pedagogía del Señor se sirve de una “imagen” para instruir a Gertrudis. Cabe señalar que la santa no habla aquí de una visión sino de una imagen; en el último capítulo del libro, el 24, ella explica claramente que, quien quiere estudiar, puede llegar a la lógica solo mediante el alfabeto; del mismo modo, mediante imágenes -por así decirlo- pintadas, se puede llegar a gustar en lo íntimo el maná escondido que no puede ser asociado con ninguna imagen corpórea; solo quien lo ha probado tiene más hambre de él. Es una óptima y precisa definición de las experiencias espirituales, que pueden ser expresadas solamente con un balbuceo, desde el momento que por su misma naturaleza son indescriptibles.
 


[1] La autora es monja en el monasterio trapense San Giuseppe de Vitorchiano, Italia, y postuladora de la causa del doctorado de santa Gertrudis.
[2] K. RUH, Storia della Mistica occidentale, vol. II, p. 343, Vita e Pensiero, Milano 2002.
 

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